Ágata


Por fin ha salido el sol en Madrid, después de demasiados días en mi laboratorio dándole vueltas a catálogos de telas para poner en casa de un cliente y viendo a señoras por la ventana pasar con perros pequeños vestidos con chubasqueros.


Juanito y yo decidimos salir a dar una vuelta hasta la heladería Rocambolesc, en Serrano. Este día soleado pero lleno de charcos había que celebrarlo. Su parte más impulsiva y cineasta sale a la luz cuando ve un polo de Darth Vader y se lo pide, únicamente guiado por su estética, sin pararse a pensar a qué diablos podría saber un helado negro. Yo, en cambio, me decanto por una suculenta tarrina de fresa a la que añado una guinda en su cima.

Comienza a sonar una canción de Marlango de fondo y es la inconfundible voz de Leonor Watling la que hace que a los dos nos venga a la mente Ágata.


Hace ya un año que la conocimos y todavía me sigue pareciendo inquietante la forma en que se mezclaban la frialdad y la dulzura en ella, dando lugar a una tremenda personalidad distante que se dulcificaba cuando entraba en su refugio personal, su hogar.Juanito me recuerda la forma en que esta diseñadora de joyas llego a nuestro laboratorio pidiendo una fórmula para que sacáramos de ella la dosis necesaria para crear un ambiente en el que ser más Ágata que nunca.

Veo pasar a una señora con su perro, esta vez con botas de agua, y me quedo pensando en lo feliz que sería si de verdad fuera pisando los charcos con sus propias patas, pues aunque las botas le den una apariencia más sofisticada e incluso protegida del agua, realmente la única interesada o beneficiada de dicha apariencia es la dueña en la que se fijan los demás transeúntes y a la que no se le manchará el parquet al llegar a casa.

Tan impolutas tiene que tener las patas aquel perro como lo era el carmín de la “no” sonrisa de Ágata, que resaltaba gracias al contraste con su piel de porcelana de descendencia polaca.

Ágata lleva una vida fuera de casa muy disciplinada; cada mañana conduce su Wolsvagen escarabajo hasta su oficina donde estudia los diseños de sus colecciones y supervisa desde su despacho los trabajos realizados por sus empleados.


Pero su mejor momento del día comienza cuando regresa a casa y su máscara de porcelana se sumerge en un cálido y oloroso baño que la transporta a una dulce realidad paralela de la cual obtiene sus mejores creaciones de joyas.

Juanito a día de hoy sigue pensando que esa fachada fría y tan meticulosamente ordenada únicamente le servía para esconder un pasado duro del que nunca nos habló.


Al salir de la bañera siempre se encuentra su bata kimono de seda sobre una butaca, previamente colocado por alguien de su servicio, con el que evita encontrarse durante su ritual.

Una de las preocupaciones de Ágata era no sentir como su hogar aquella vivienda, por eso puso mucho hincapié en nuestro laboratorio en querer que reflejáramos su contrastada personalidad.


Fue Juanito el que propuso el mármol, el acero y el cemento para reflejar esa frialdad y yo, como contrarresto, el color rosa, los terciopelos y sedas en textiles y cobre en luminarias y griferías. De esta manera el espacio queda armónico y equilibrado, perfecto para que Ágata se tumbe en el sofá de su salón a leer una novela romántica junto a su gata Aurora.


Todavía no me he terminado mi tarrina de helado y hace rato que el Darth Vader de Juanito es solo un estrecho palo de madera, él no entiende que pueda tardar tanto en comerme dos bolas de helado y está deseando volver al laboratorio a seguir inspeccionando catálogos de telas para nuestra nueva clienta.

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